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Primera impresión de un hondureño desnudo en un Jjimjilbang –Sauna- en Corea del Sur.



Desnudo-s.

Seúl.- Desde la entrada del Silloan Sauna posible impresionarse con la mujer responsable de la bienvenida. Quién después de preguntar de dónde somos, nos intenta saludar en nuestro idioma.

El valor de la entrada por 12 horas es de 9,000wons, unos 10 dólares. Al pagar, nuestra anfitriona nos da una toallita anaranjada y posteriormente algunas instrucciones.

“Hay que pasar a la siguiente puerta”, nos dice señalando un pasillo donde se divide el camino para las mujeres y los hombres; y bualá, llegamos a los vestidores.

Allí, un hombre nos recibe solicitándonos la llave y automáticamente nos da una pulsera con un número, una calzoneta -short- y una camisa .

Para este momento debo ser honesto y decir que la primera imagen me llegó como un golpe en la cara,

Al fondo podía ver a un montón de hombres desnudos. Todos caminando por el pasillo y viéndose entre sí, por supuesto, sin ninguna emoción en sus rostros. En mi caso, seguramente me veía asustado.

De pronto llegué a un punto medio entre la entrada  y unos lockers. Un hombre me vio a los ojos y casi se rió. Preguntó mi número de pulsera y me dijo cuál era mi casillero, agregando que “me debía quitar todo”.

Me detuve, lo abrí y me quedé viendo mi cajón vacío. Casi se me salen los ojos del miedo a desnudarme en ‘público’.

En aquel momento habían hombres –también desnudos- frente a sus lockers, yo sentí que me apuntaban con sus ojos y así; asustado, dispare al suelo mi primer calcetín. Y salió mi buzo, las leggins, después el suéter y al final el gorro –era invierno-.

Ah, eso sí. Ese gorro les hizo verme de otra forma, mi pelo colocho y largo fue como una especie de defensa. De reojo vi que abrían la boca.

De pronto estaba únicamente con mi calzoncillo rojo y sin ninguna contemplación lo bajé y lo tiré al fondo

Entonces me detuve a pensar: “¿Qué estoy haciendo?”, “voy a caminar desnudo por ahí, van a ver mi cicatriz de apendicitis, me van a ver el p***” y así, mil cosas me pasaron por la cabeza en un par de segundos, pero volteé la mirada y mi cabeza a la izquierda. Luego al centro del lugar y veía cruzarse a otros hombres que caminaban sin nada de ropa, unos gordos, otros más delgados, unos tatuados, otros eran niños y aunque se veían, se notaba que no pasaba absolutamente nada.

Mi toallita estaba en una silla tras de mí. Me volteé, la agarré, y la puse en medio de mis piernas, me cubría sutilmente.

Respiré hondo y emprendí el camino hacía el centro y luego hacía la izquierda, después bajé unas gradas hasta un piso subterráneo.

Allí vi algo que quizá “no quería ver”,

Era una piscina inmensa con agua caliente. Salía humo de todas partes, pero quizá lo que me hacía no querer ver, era que además del vapor que se elevaba, también salían del agua hombres sin ropa.

Decidí caminar por la orilla izquierda sosteniendo una toalla grande que agarré en la esquina. En ese momento creía que me veían, pero al recordarlo fríamente puedo decir que tampoco debía ser la sensación del lugar. Me veían más el pelo que el pene o mi cicatriz de apendicitis. De hecho, mucho tiempo después vi heridas peores y las personas caminaban por el lugar sin ningún problema.

De pronto llegué al otro lado de la piscina y encontré unas duchas. Me bañé, me sequé, salí, me detuve en las gradas de la piscina y con la mirada al frente y directa al agua; me quité las chancletas y me fui.

Rápidamente metí mi primer pie y fui bajando las gradas, me fui hundiendo en el agua caliente. Mientras avanzaba, una sensación placentera me iba llenando, sobre todo cuando la mitad de mi cuerpo ya no se ‘veía’. El agua tibia y sin ropa fue una sensación nueva.

A pesar que mi cuerpo parecía no verse más, mi pelo seguía atrayendo miradas. Pero en ese momento logré evitar la dureza de mi cuello por la tensión del tabú y lo empecé a mover hacía los lados. Descubrí que quienes observaban eran los que estaban dentro del agua, seguramente igual de intimidados que yo.

Después pude ver interacciones de otros hombres afuera de la piscina. Algunos hablaban de pie y mientras lo hacían se veían a la cara, a los ojos.

Lo que pasaba en aquel lugar era bastante natural para todos,

Más tranquilo, recosté mi cabeza hacía atrás sobre el respaldar de la piscina y quedé con la mirada hacía arriba y cerré los ojos.

Minutos más tarde, regresé a la ducha, me sequé, me fui al camerino, me puse la ropa que el sauna da y luego subí sintiendo que nadie me veía como pensé que ocurría cuando entré al lugar.

Todo ese temor o tensión en forma de tabú se me cayó en apenas 15 minutos de agua caliente.

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