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HK Episodio 3: Lo que encontré en las calles de HK en mi primera noche; “Un puerto tenía que ser este lugar”, maldije.

Una mujer atiende en su puesto de comida en una calle de Koowlon, Hong Kong.

Continuidad de: HK Episodio 2: "Detrás de cada foto hay un montón de historias". Conozca la "Mansión Cría" de Hong Kong.

La calle:

Koowlon.- Por fin saqué mi nuevo mapa y vi dónde estaba. Mientras lo hacía, caminaba, cruzaba calles junto a la multitud, me divertía viendo las luces.

Cerca de 'mi hostal', estaba el Museo de Arte. Un par de calles más abajo había un parque donde había un "Paseo de las Estrellas", similar al de Hollywood, pero con actores y actrices chinas. "Eso lo dejo para mañana", dije después que el semáforo se puso en verde y avance del otro lado del Museo y me alejaba de las Estrellas.



Caminé varias cuadras, todas las tiendas estaban abiertas, había comida en pinchos por doquier, restaurantes con carros muy caros afuera, hoteles más bonitos que el mío, tiendas de electrónica, mucha gente y por supuesto; luces de todos los colores. 




Repetí quizá unas dos o tres veces las mismas calles que estaban cerca del Chungking Mansion. Tal vez por estas dos razones (y este es otro tip): Si me las aprendía no iba a necesitar el mapa y la otra, estaba muy cansado y dar vueltas por el mismo lugar me haría identificar cosas que no vi a la primera, eso también me atraía porque después de todo, deben haber muchos detalles que no vi ni a la primera vez, ni a la segunda, eso siempre pasa con los lugares nuevos.




A la cuarta vez que pasaba por las mismas avenidas, decidí irme. "Sí, la próxima vez que esté arriba, allá donde empieza una nueva avenida, voy a cruzar la calle y me voy a ir", me decía. Y así fue, la próxima vez que llegué a la última frontera, la crucé. 

Del otro lado había un parque, en mi mapa decía: Koowlon Park. 

Entré, quería un baño y después sentarme. Subí unas gradas, seguí un rótulo de Public Toilet con la figurita de mujer y hombre, pero no la encontré. En cambio había mucha gente haciendo Tai Chi, otra mujer corría de arriba hacía abajo en el parque. El resto de personas llevaba muchísima menos ropa de la que había estado acostumbrado a ver el último mes. Cualquier persona que pasaba a mí lado, corriendo me generaba una especie de “ofensa cultural”. Mentira. Me parecía bonito volver a sentir calor -en Beijing aún hace frío-. Lo agradecía.

Al llegar a un desvío en el parque debía tomar una decisión, como todas las militancias políticas exigiendo a sus “soldados” militantes decidirse por la “izquierda o la derecha” y ser firmes, por supuesto, yo me decidí por la izquierda y me fui por allí. 

Un camino oscuro, del lado derecho había piedras, altas piedras decoradas con enredaderas que se podían escalar. Así como han de escalar quienes creen en la derecha y sueñan con llegar al tope, a la cima, aunque también les pasa en la izquierda. Eso pensaba mientras intentaba ver del otro lado mucho más oscuro. 

Había una reja, de fondo se veía agua, era una especie de jaula inmensa. Al fondo habían unos animales, eran muchos, pero al inicio no se veían bien. Cuando los pude armar en el rompecabezas de la oscuridad y mi miopía, descubrí que eran flamencos, abrí los ojos otra vez con asombro, abrí la boca y me quedé unos cinco minutos sin reaccionar. Era como un niño asustado y sorprendido de la belleza de aquellos pájaros rosados. Por supuesto, encerrados.

En el parque había mucha gente sentada en las bancas, cerca de la reja por donde me acerqué habían dos mujeres blancas hablando en inglés sobre la relación de una de ellas; más abajo había un policía de los del parque y por el camino donde yo venía, pasaba bastante gente caminando, no era un lugar tan solitario, pero sí oscuro. Al final, decidí seguir el camino, después de la caseta del policía había un puente. 

Me fui, quería ver la calle. De repente, sentí que alguien me seguía. Voltee la cabeza disimuladamente y era una de las mujeres que estaba sentada sola en el parque. Me veía con curiosidad. Cualquier hombre pudo sentirse orgulloso de haber “acaparado”, yo me asusté. 

Traía una bolsa en su mano derecha, parecía ropa de tienda. Tenía una mini falda y medias. Por la descripción en este momento podría decir que era trabajadora sexual, en aquel momento no lo pensé, pero era “china”. Se me acercó preguntándome si andaba solo, le dije que si, y se asustó más. Me preguntó que por qué había ido a Hong Kong solo y expliqué las razones migratorias. Cuando le pregunté a ella qué hacía sola en el parque, no respondió, quizá su inglés era malo, pero quería decir cosas, se esforzaba.

Unos cinco minutos después, me acerqué a un muelle donde se podía ver de frente el espectáculo de luces de los edificios de Hong Kong. Estaba en primera fila ante ello. La mujer se volvió a acercar. Me preguntó qué hacía en la vida y yo, por supuesto, respondí, cómo me enseñó hace unas semanas en una calle de Pekín un ex traductor de Zinedine Zidane: “Nothing. I do nothing, but I do it well”.

Eso le dije a la mujer que seguramente no me entendió nada. Pero asustada respondió que ella era escritora, eso mientras veía también las luces y disfrutaba la brisa. Yo trate de decirle que a mí me gustaba escribir, pero no me entendía nada, hasta que sacó su celular quebrado -raro en una persona asiática-, hacía unos dibujos en su pantalla que luego se volvieron palabras en inglés y me dijo que se tenía que ir. Sinceramente me sentí un poco aliviado, no sabía que había significado esta interacción.

Se despidió y dijo que me buscaría en FB y en Wechat, todo eso, gracias al traductor de su celular.




Se fue. Yo me quedé en el muelle un par de minutos hasta que apagaron las luces de los edificios en la isla. Después empecé a caminar nuevamente. Volví al parque. Quería ir más lejos y así fue. Llegué a una plaza que era el fin o el inicio del parque, depende de cómo lo queramos ver.

Todavía buscaba el baño. Al encontrarlo, estaba sitiado por hindúes, les saludé, entré al baño, eran casi las doce de la noche, pero en aquel lugar no parecía, o para mí no lo parecía, viniendo de Honduras donde desde las 8 o 9 de la noche es casi imposible ver a personas caminar por las peatonales, peor aún, entrando a baños públicos, si ni tenemos. Claro, a diferencia de Beijing, en este de Koowlon también se podía escuchar el: “Do you need something, bro? Hashis, maybe some watch? Tell me”.

"Por supuesto que lo diré si lo quiero", respondí molesto al último de esa noche. Me vio, le vi, y le dije: “Bitch, please”. Me sonrió, le sonreí y me fui. 

Las siguientes gradas para salir de la plaza, me dirigían a la Comic Avenue, que no era más que un montón de muñecos de plástico de una gran diversidad de animes asiáticos. Como se puede leer en mis palabras, no fue algo que yo disfruté. Pero en ese momento tenía que decidir si alejarme más o explorar el otro lado de la calle. En el otro lado había mucha gente, tiendas de comida y un montón de gente bebiendo en la calle. Yo saqué mi celular y me metí a los callejones, era impresionante ver todos los colores, los olores de las comidas, cerveza por doquier.




Di unas cinco vueltas alrededor de la misma cuadra, cada vez había algo nuevo, pero ya estaba muy cansado. No podía levantar mis pies más que por orgullo, no quería que me vieran caer en una de esas calles, derrotado por Hong Kong, no, no todavía.



Al final me fui al hotel. Había logrado memorizar todas las pequeñas avenidas mientras caminaba, el reto era llegar sin mapa y así fue. Llegué con éxito. Me recibieron con miradas raras el resto de hindúes que todavía a esa hora permanecían en la entrada. Por supuesto, “If you need something, este es el lugar”, pensé.

Para mi sorpresa, el mercado aún seguía abierto, no todas las tiendas, pero si varias de comida, de cerveza y las de cambio de dinero, esas, aparentemente no cerraban. 



El camino hacía el ascensor era terrorífico y solitario. Para mi sorpresa, no volví a encontrar el Bloque D, siempre me desesperaba y mi primera opción fue buscar las gradas. Esta primera noche, decidí subir corriendo, entré a la puerta que lleva al segundo piso y luego al tercero y cuarto, haciendo el caracol llegué al cinco...



...y justo cuando me había alegrado de estar llegando, una rata saltó desde la primera grada del piso 6 hasta la mitad de las gradas, mientras volaba yo me detuve y la vi pasar, me congelé, ella no, ella siguió su camino hasta la rajadura de la pared que había en los escalones. Me quedé pensando, después terminé de subir hasta el piso en el que me quedaba, ahí sí, derrotado por fin. “Un puerto tenía que ser este lugar”, maldije mientras temblaba.

Pero si, esa era la razón para que todo lo que me asustó ese día, haya sido tan, tan chocante para mí. 

Al final, entré, mis compañeros de habitación ya dormían, ahora si los podía ver a todos y no porque encendí la luz, sino porque el reflejo de los rótulos, de las pantallas de afuera generaban tanta luz que teníamos suficientes colores sin necesidad de una lámpara.

El último recuerdo de este día fue al subir a mi cama, sobre la de Jordi, me acosté, me acomodé, y podía sentir movimientos. En aquel momento imaginé que el edificio se movía, como se mueve un avión durante una turbulencia. No me quedaba nada más que dormir, pero en ese momento recibí un mensaje de la mujer del parque, diciendo que estaba en el primer piso de la Chungking Mansion.


Continuará...

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